Quiero decir ahora nada más que la tranquilidad de mi
carácter nadie me la hizo sentir en la infacia como una falta, ya que las
opiniones de mi hermana no tuvieron hasta más adelante autoridad de ley, así que me limitaba a aceptar su comportamiento y sus juicios como totalmente divergentes de los míos. De tal manera que si las cosas cambiaron luego, en la edad adulta, no fue porque cambiara yo. Es decir, que al crecer, no dejé de ser lento y reflexivo, sino que, por el contrario, este ritmo se puso más de manifiesto al contrastar con el ritmo apresurado de las demás personas de mi edad que empezaron a verme como excepción. Lo único, pues, que varió fue el despliegue de atención de los otros hacía mi ritmo lento; o, dicho con otras palabras, el reconocimiento de tal ritmo como anormal.
ANA Mª MATUTE; Ritmo lento, ed. Bruguera-Libro amigo, 1981, p. 58
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